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Melancolía

Estoy leyendo un libro, aquí sentado en el sofá en esta fría noche del destierro, y me llama la atención este párrafo:

“Abajo, entre la 23 y Welton, unos chicos jugaban un partido de baloncesto bajo unos focos que también iluminaban el gasógeno. Una gran multitud alborotada a cada jugada. Los jóvenes y extraños héroes eran de todo tipo: blancos, negros, mexicanos, indios puros, y jugaban con gran seriedad. Solo eran chicos de los descampados en camiseta y pantalón corto. En toda mi vida de deportista jamás me había permitido hacer algo así; jugar frente a las familias y amiguitas y chicos del vecindario, de noche, bajo las luces del alumbrado público […] ninguna alegría juvenil, nada de la alegría humana que tenía esto. Ahora ya era demasiado tarde.

De repente y sin mover un músculo mis sentidos me han transportado a una nebulosa mañana de un día cualquiera, hace ya más años de los que quisiera admitir, y me encuentro en medio de una pista de futbol sala de suelos descoloridos y cercada por viejas vallas rotas de alambre. Estoy en el medio, mirando al cielo y preguntándome si hoy lloverá y se joderá el partido. Hoy Paco Pepes jugamos contra Macacos y la grada se va a llenar.

Ha sido un pestañeo, un pequeño instante demasiado real. Como poder oler después de mucho tiempo un olor familiar casi olvidado en algún lugar de la memoria.

Ahora estoy otra vez en el sofá y me vienen imágenes nítidas y desperdigadas a la mente. Aquellas mañanas sonrojantemente ilusionantes en las que quedábamos en la cafetería de la facultad o directamente en el campo de la Gasolinera para, cual escolares, ir alegres a jugar un partido de futbol sala, de importancia tal que algunos firmábamos ganar el torneo antes que aprobar algunas de las insulsas asignaturas de esa desastrosa carrera de periodismo.

Todo orgullosos con nuestras camisetas con los nombres de nuestros equipos impresos o bien escritos con permanente. Recuerdo que de la gitanez del primer año de torneo se fue evolucionando a equipaciones completas, aunque tirando de orgullo personal nadie me podrá comparar jamás ninguna remera, por muy de marca que sea, con esa camiseta rosa con el PacoPepes en el pecho.

Y esa es la pena. Que los años pasan y ahora esa camiseta que en nuestros días jóvenes llegamos a lucir con vanidad está guardada en el fondo de algún viejo armario, llorando polvo, reminiscencia de un tiempo en el que aún creíamos que todo era posible. Incluso aprobar Economía…

Así pues, chavales y chavalas, extraños héroes de caras desconocidas para mí, multitud alborotada del campito de la Gasolinera. No dejéis de saborear cada segundo de este gran torneo que sin ninguna duda será una de vuestras mayores satisfacciones de la carrera de periodismo, junto con las consiguientes fiestas post-torneo.

Hacerlo por nosotros, todos los espíritus errantes que nos vamos desvaneciendo por los pasillos de la facultad. Por la felicidad del presente que vivís y que cuando queráis daros cuenta ya será pasado. Hacerlo por que cuando ya sea demasiado tarde, al menos os queden los recuerdos, y recordando podáis sonreír.

David Hernández (Monchi, PacoPepes)

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